Las convicciones son las verdades que sustentan nuestras decisiones. Una persona sin convicciones firmes es una persona que continuamente está dudando de lo que hace, dejándose guiar por las circunstancias, por las emociones, por la cultura y por las presiones de otros. Son las personas que van de un lado a otro y que no tienen firmeza para permanecer en algo por mucho tiempo:

Santiago 1:6b …una persona que duda tiene la lealtad dividida y es tan inestable como una ola del mar que el viento arrastra y empuja de un lado a otro.

Los jóvenes sin convicciones firmes son los que sucumben ante la presión de los amigos que los incitan a desviarse, o los que cambian de forma de pensar cada que escuchan una opinión convincente. Son los que abandonan su fe cuando es confrontada, los que constantemente están cambiando de identidad.

Para formar convicciones fuertes en nuestros hijos necesitamos hablarles con la verdad de la palabra de Dios. Jesús lo dijo de esta forma:

Lucas 6:47-49 Les mostraré cómo es cuando una persona viene a mí, escucha mi enseñanza y después la sigue. Es como una persona que, para construir una casa, cava hondo y echa los cimientos sobre roca sólida. Cuando suben las aguas de la inundación y golpean contra esa casa, esta queda intacta porque está bien construida.  Pero el que oye y no obedece es como una persona que construye una casa sin cimientos. Cuando las aguas de la inundación azoten esa casa, se derrumbará en un montón de escombros».

La palabra de Dios es la única que puede proveer fundamentos inquebrantables para la vida, para sostenernos firmes en medio de las tormentas. Es por eso por lo que pasar tiempo con nuestros hijos cimentando en ellos las verdades de la Biblia, van a crear en ellos la solidez para construir su vida de manera estable. Tomemos el tiempo entonces para formar convicciones correctas en las distintas áreas fundamentales de sus vidas:

  1. Convicciones sobre su identidad.

Nuestra respuesta a la pregunta ¿Quién soy yo? va a determinar en gran manera nuestras decisiones más importantes. Si nuestros hijos no saben responder esa pregunta es fácil que terminen comportándose como lo que no son o adoptando una identidad ajena. La identidad va mucho más allá del nombre que nos dieron o la familia de la que provenimos. Identidad viene de entender quién te hizo y para qué te hizo. La identidad viene del Padre.

Conozco a muchos adultos que crecieron sin un padre, en una búsqueda interminable por encontrarlo y así encontrar su identidad, pero cuando se encuentran con Dios, su búsqueda termina. Nuestra verdadera identidad viene de nuestro Creador, nuestro Padre celestial, del que nos creó con una forma y en un momento y lugar específico para cumplir un propósito específico.  No solamente fuimos creados por Dios, sino que somos adoptados como Sus hijos por medio de lo que hizo Su verdadero hijo Jesucristo en la cruz. En esa cruz, Jesús tomó nuestra identidad de huérfanos (Padre, porque me has abandonado…) para que nosotros pudiéramos tomar Su Identidad de Hijo. Al sabernos hijos de Dios también sabemos cómo nos corresponde vivir:

1 Juan 3:9 Los que han nacido en la familia de Dios no se caracterizan por practicar el pecado, porque la vida de Dios está en ellos. Así que no pueden seguir pecando, porque son hijos de Dios.

Lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es llevarlos al Padre por medio de Jesús, para que independientemente de las características de nuestra familia de origen, o de nuestras faltas como padres, o inclusive de nuestra muerte, nuestros Hijos continúen por esta vida con una Identidad sólida y una certeza de su propósito en esta tierra.

Reafirmamos la identidad en nuestros hijos cuando les decimos con nuestras palabras lo que son y lo que no son, por eso debemos de tener mucho cuidado con qué continuamos la oración “Eres un/una…”. Seguramente puedes imaginar muchas formas negativas de completar esa frase, inclusive tal vez recuerdas algunas de estas frases que fueron dichas sobre ti y te marcaron hasta el día de hoy. Observa como Pablo afirma la identidad de los nuevos creyentes de la iglesia de Éfeso:

Efesios 2:10 Pues somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de nuevo en Cristo Jesús, a fin de que hagamos las cosas buenas que preparó para nosotros tiempo atrás.

Atrévete a decirle lo mismo tus hijos:

Hijo(a), eres una obra maestra de Dios para hacer cosas increíblemente buenas. No eres un desperdicio de tiempo o de oxígeno, fuiste creado(a) con un propósito, para ser de bendición a esta tierra. No eres un accidente de la naturaleza, no eres un agente de mal; eres un Hijo de Dios creado para reflejarlo a Él.

Cuando conocemos nuestra Identidad en Cristo, dejamos de actuar pensando en recompensas y castigos, y empezamos a actuar por quienes somos; Hijos de Dios, creados de nuevo en Cristo para buenas obras.

Otro aspecto importantísimo que nos corresponde formar en nuestros hijos es su identidad como hombres o como mujeres. Su sexo es parte de su diseño divino, pero nuestros hijos están creciendo en una generación que ha separado la identidad sexual de la anatomía sexual, por lo tanto, existe una gran cantidad de personas desarrollando una confusión en cuanto a su identidad cuando no ha sido adecuadamente formada en casa.

Tal vez será inevitable que nuestros hijos experimenten situaciones y reciban mensajes que les quieran hacer cuestionar su género, si nuestros hijos no tienen verdades inamovibles sobre su identidad en sus corazones, terminarán tomando cualquier forma que el mundo les quiera dar, pero si nuestros hijos están totalmente convencidos de lo que son, ya sea hombres o mujeres de acuerdo con su cuerpo, serán mucho menos propensos a ser desviados a vivir de manera incongruente con su diseño.

Extracto de nuestro próximo libro INDISPENSABLE.